Siempre he pensado que la tristeza es un sentimiento tan sano y necesario como la alegría. ¿Acaso no crecemos gracias a la desgracia? ¿A que pasamos por momento difíciles y tenemos que sacar fuerzas? ¿A que nos renovamos con cada caída? Pues para mí, esa es la esencia de la tristeza. Aprender de ella, no utilizarla contra tí. Yo aún no he aprendido a utilizarla porque la uso como arma contra mí, la uso como droga a la que engancharme.
Decidí estar triste (basta de echar las culpas a los demás, es ahora de asumir que decidimos revolcarnos en nuestra mierda), decidí no comer, decidí hacer sentir mal a los demás con mi silencio, decidí no hablar ni salir, decidí estar sola con la soledad mientras mi fuerza se ausentaba por completo de mí, y se mofaba de mi autocompasión.
Lo único que puedo aconsejar a todos los que que se sintieron así, a todos los que han aislado del mundo para engancharos a la tristeza, es que el mejor arma para superarlo, es hacer todo aquello que en ese momento no quieres hacer. Como salir, hablar con alguien, desahogarte, comer, pedir un abrazo, reír un poco, que en la vida siempre habrá alguna razón para reír. Siempre.
Yo hoy he encontrado mis razones, y he hecho todo aquello que no me apetecía, que me negué a mí misma en mi momento de tristeza como castigo que en realidad, no me merecía.
He salido, he comido, he reído, he pedido un abrazo y voy a sonreír a todas y cada una de las personas a las que les he negado la palabra durante estos días en los que me he disfrazado de egoísmo.
Dicen que hay que levantarse por uno mismo. Pero a los que no nos queremos a nosotros mismos, no nos queda más que agarrarnos a las personas amadas para no hundirnos en nuestra autocompasión. Estoy segura de que con el tiempo, aprenderé a quererme y sabré levantarme con mis propios pies.
Gracias por ser mi fuerza.
Las amo. Las amo más que a mí vida. Por eso siempre estaré de pie por ustedes.